El Nacional despierta: El Estadio de Santiago de Chile albergará a los fanáticos del fútbol en la Final del Mundial Sub20
Bajo el cielo andino que tiñe de dorado las tardes chilenas, el Estadio Nacional Julio Martínez Prádanos late como un corazón herido que se niega a rendirse. El Domingo 19, este gigante de 48.665 almas acogerá la gran final del FIFA Mundial Sub-20 2025, entre la talentosa selección de Marruecos y los pibes cracks de Argentina. Pero no es solo un partido: es una catarsis colectiva, un rugido que ahoga ecos de tortura y despierta sueños de gloria. En el corazón de Ñuñoa, el fútbol no juega... sangra, llora y vence.
La escena: 40.000 hinchas apilados en las gradas rojas y blancas, ondeando banderas tricolores que flamean como alas de cóndor. El olor a choripán y empanadas calientes se mezcla con el humo de las bengalas, mientras los cánticos de los hinchas locales, "¡Chi-chi-chi, le-le-le, viva Chile!" retumban hasta el Cerro San Cristóbal. En la fase de grupos, ya se vivió: el 2-1 de la Roja Sub-20 ante Nueva Zelanda el 10 de octubre llenó el Nacional hasta el rebalse, con un promedio de asistencia de 38.200 por partido que batió récords. Familias enteras, abuelos con camisetas vintage de Zamorano y nietos pintados de rojo, gritando hasta quedarse roncos. El estadio no es cemento; es piel viva que vibra con cada latido.
Esta final no es
solo goles: es redención. Hace 52 años, en septiembre de 1973, estas mismas
gradas se convirtieron en infierno. Tras el golpe de Pinochet, el Nacional fue
campo de concentración: 5.000 detenidos hacinados, torturados bajo el sol
implacable. Ahí, Víctor Jara (el guitarrista del pueblo) cantó "Te
Recuerdo Amanda" por última vez antes de que le quebraran las manos y lo
asesinaran. Las paredes del Palacio de La Moneda a metros de distancia aún
guardan ese silencio roto. Declarado Monumento Nacional en 2003, el estadio es
memoria viva: placas conmemorativas en la entrada susurran "Nunca
Más", mientras tours guiados por exdetenidos cuentan historias que erizan
la piel.
Y ahí entra la
magia del Sub-20. En 1987, este coloso albergó su primer Mundial juvenil, con
Yugoslavia campeona y un Chile que soñó en grande. Hoy, 38 años después, la
FIFA elige el Nacional como epicentro de los cuatro estadios revisados en
Chile, junto a Sausalito, teniente y fiscal de Talca, pero ninguno carga su
peso simbólico. Es el único con techo retráctil que abriga bajo la lluvia
santiaguina, canchas de césped hibernante impecables y pantallas LED que
multiplican la pasión.
El Domingo, a las
20:00, cuando el balón ruede, el Nacional no será estadio: será un alma llena
de gritos y cánticos de las hinchadas de los marroquíes y argentinos, sumado a
los hinchas chilenos locales. Esos gritos que borran dictaduras, abrazos que
tejen futuro, goles que sanan. Porque en este coloso, el fútbol no es juego...
es victoria sobre el olvido.
Por Ezequiel Schiavone
