El Templo del Sur: el Florencio Sola se viste de Gloria Continental
La cancha de Banfield, que vio crecer a tantos pibes, ahora es escenario de la épica femenina. El olor a pasto cortado y la historia de un club de barrio le ponen un condimento único a la Copa Libertadores.
En el corazón del Sur, donde
el cemento y los departamentos arman el paisaje de Banfield, hay un estadio que
respira fútbol. Es el Florencio Sola.
No tiene la magnitud del Monumental ni el cartel de La Bombonera, pero tiene
algo mucho más valioso para esta Copa Libertadores Femenina: tiene alma de barrio y tiene historia de
sacrificio.
Mientras las luces del Sola
iluminan el césped, que no es de mármol sino de laburo, el estadio es un personaje más en esta historia. Acá jugaron los más
grandes, acá se gritaron ascensos y campeonatos. Y hoy, la misma tierra que vio
formarse a Javier Zanetti o al Pato
Abbondanzieri, es la alfombra donde las pibas de América se están jugando todo.
Metida entre los fierros de
la tribuna y el aliento. A diferencia de esos estadios gigantes, el Sola permite estar cerca y
escuchar los gritos de las jugadoras.
Los que conocen el Florencio
saben que, en la platea vieja, a un costado, hay unos murales que recuerdan a
viejas glorias. Pero en estos días de Copa, el mural más vivo está en las
tribunas: son las pibas de las
inferiores de Banfield y de otros clubes de la zona, que vinieron a
copar el tablón. No solo vinieron a alentar; vinieron a ver el futuro. Para
ellas, que la Copa se juegue en su barrio, en su club, no es un partido más. Es
la validación de un sueño que hasta hace poco parecía imposible.
Una pibita, con una camiseta
que le queda enorme, se sube a un banquito improvisado. Canta con el puño
cerrado. Para ella, esa jugadora colombiana o brasileña que tiene adelante no
es una rival: es una referente, la prueba de que el camino que eligió vale la
pena.
El Sola, con su mística, se
transforma en un santuario de la
resistencia. No es solo una cancha de fútbol; es un mensaje claro para
el Sur y para el continente: acá, en la cancha de Banfield, el fútbol femenino
se hizo grande.
Y cuando suena el pitazo
final y la jugadora estrella de algún equipo campeón se arrodilla en el césped
del “Lencho”, aparece esa imagen, la del pasto de un club humilde y la gloria continental, es la
foto perfecta de lo que es realmente esta Libertadores: una conquista de abajo hacia arriba, con sabor a mate cocido y a
pasión bien argentina.
Por Ciro Damoni


