La huella silenciosa de Japón: Una pasión llevada por pocos que cruza el mundo
Durante el Mundial sub-20, en tierras donde el futbol se vive como la guerra, los aficionados asiáticos ensordecieron a todo Chile con su aliento y, como marca su tradición, demostraron su respeto hacia el deporte limpiando todos los desechos de cada estadio que visitaron.
Cuando suena el último silbato,
cuando las luces se apagan en el estadio, cuando todas las tribunas se vacían,
en la cancha solo queda la memoria de los tambores aun retumbando, gritos que
no se callan y la alegría de acompañar a su selección. Los japoneses no
llegaron al Mundial Sub-20 con mareas de gente, llegaron pasando
desapercibidos, con pocas almas, pero con las gargantas preparadas para cantar
por todos los que no pudieron ir.
Cada persona, cada bandera, cada
bombo cuenta una historia de amor por la camiseta que trasciende océanos y
fronteras. La hinchada asiática emprendió el cruce del Océano Pacífico con la
misión de hacer sentir que Japón estaba presente, aunque fuera con pocos, y
dejar en el torneo algo más que goles y resultados.
Pero no todo quedó en los 90
minutos; después de que la pelota deje de rodar y cuando todas las hinchadas
abandonaban los estadios, los japoneses tomaron el rol de protagonistas. Con
bolsas en mano y arrastrando la cultura de toda una nación, recogieron cada
envoltorio, cada vaso, cada señal de que alguien transitó ese espacio. En un
acto de humildad tan profundo como visible, limpian las gradas. Un acto que se
da fuera de los focos, que no busca beneficios, solo mostrar respeto por el
deporte y cada persona que hizo posible que ellos estén allí.
Esa dualidad, entre el feroz
ejército azul que grita sin cesar dentro del partido y la marea serena que
devuelve la paz al campo al terminar el encuentro, construye un mensaje que
busca llegar a cada corazón que vive el futbol como el suyo: “Amamos este
deporte”. Y lo respetamos”. En tierras donde la disciplina se vive como una
ruidosa batalla y tantos discursos se quedan en palabras, el acto más
silencioso fue el que más ruido hizo.
Los estadios de Santiago o Valparaíso no se llenaron de banderas asiáticas, pero sí de su pasión. Entre gritos y silencios, Japón dejó su marca, demostrando que no es necesario ser una multitud para dejar una huella.
Por Lautaro Terranova Picyk


