La lección silenciosa de la hinchada japonesa en el Mundial Sub-20
El sol comenzaba a hundirse detrás de las tribunas del Estadio Nacional de Chile, tiñendo de dorado las butacas vacías que poco antes habían sido de muchos gritos, bombos y banderas. Chile acababa de perder frente a Japón en el Mundial Sub-20, y el murmullo de la decepción se mezclaba con los últimos ecos de las cornetas. Los hinchas locales, cabizbajos, iban abandonando el estadio con el mismo silencio que deja una tormenta después del trueno.
Sin embargo, en una de las tribunas, algo distinto ocurría.
Un grupo de aficionados japoneses permanecía en sus lugares. No cantaban, no
festejaban. En lugar de eso, comenzaron a abrir bolsas de basura y a recoger,
los restos que el entusiasmo había dejado: vasos, papeles, envoltorios,
banderines rotos. En pocos minutos, aquella parte del estadio, que había sido
un pequeño caos de celebración, se transformó en un ejemplo de orden y respeto.
No era la primera vez que lo hacían. Los hinchas de Japón ya
habían sorprendido al mundo en Qatar y en Rusia, pero verlo en Santiago tenía
otro peso. En un país donde la pasión futbolera suele desbordar, ese gesto
silencioso fue una lección de humildad. Cada movimiento parecía tener una
coreografía invisible, como si la limpieza fuera parte del ritual del fútbol.
El aire del estadio, impregnado todavía del olor a pasto
húmedo y del eco de los cánticos, se llenó de un silencio distinto: un silencio
admirado. Algunos trabajadores de limpieza se detuvieron a mirar, y hasta hubo
hinchas chilenos que se acercaron para ofrecer ayuda. “Esto también es amor por
el fútbol”, dijo uno de ellos, dejando su bandera a un costado para sumarse al
gesto.
A esa hora, el marcador ya era lo de menos. Japón había
ganado, pero lo que quedaba en la mira era otra cosa: el respeto por el espacio
compartido, la idea de que la fiesta no termina con el pitazo final. En medio
de la decepción chilena, los japoneses mostraban que también se puede dejar
huella sin hacer ruido.
Por Damián Steizel.


